
A los 16 años le había ocurrido una vez:
Fue en San Antonio de Padua y estuvo rodeado de cantidad de perros.
La gran mayoría eran cabezones Rottweiler, de lomo ancho. Se arrojaban desde un primer piso y caían ilesos rebotando con su cuerpo intacto.
Los cuidadores creían que por cada salto un perro moriría. ¡Ilusos!
Ellos volvían corriendo por las escaleras hasta el primer piso, su lugar para encontrar el descanso placentero.
Con el pasar de los años él tuvo que volver a Zona Oeste; pero esta vez no fue sólo a intentar mear en paz.
Descansó.
Un rato...